Bel

La puerta de la posada se abrió y todo el que se encontraba dentro enmudeció al unísono. La única ventaja de vivir en aquel perdido poblado alejado de todas partes era ser vecino del conocidísimo Ser Condrio y disfrutar de sus aventuras y batallas, con alguna que otra cerveza en la mano. Ya luego los juglares se encargarían de divulgar la historia por todo el reino, pero ellos serían los primeros en escucharlas y del mismísimo protagonista. Sin embargo la figura que atravesó aquella noche la entrada se hizo de rogar: un joven para nada similar al héroe cruzó el rellano y se aproximó a la barra, con frío. El ruido volvió al instante y una voz  se alzó entre el barullo.

  • ¡Vaya! Por un momento pensamos todos que sería tu maestro el que cruzaría esa puerta. ¿Tendrá la bondad de dejarse ver más tarde por aquí? Sabemos que llegó hace apenas unas horas de su última aventura. ¿Vendrá, chico?

No todos en ese antro tenían tanta información al parecer. ¿Ese chico era su ayudante? De nuevo un silencio absoluto puso a la posada en una situación de tensión enorme que sólo terminó una vez el joven habló.

  • No, no creo que venga. He intentado preguntarle por el tiempo que ha pasado fuera… y la razón por la que no le acompañé en esta ocasión… y francamente, aún no sé mucho de la historia y lo que m…
  • ¡Ah, entonces mis clientes sí recibirán historia esta noche! O al menos una algo aproximada, buen chico. Toma esta jarra y ponte a hablar, hoy te sentirás muy importante. ¡Atención todos! Ser Condrio ha regresado y este chico como ayudante suyo conoce muchísimo sobre sus últimas andanzas. ¡El que moleste lo más mínimo será invitado por mi pie a marcharse de aquí! Venga chico, dale, tú tranquilo.

Esas últimas palabras susurradas no ayudaron en nada. Sin saber cómo, triste como estaba por no haber recibido mucha información de su maestro y aún dolido por no haberle acompañado como hacía siempre, se encontraba ahora con unas veinte caras expectantes mirándole fijamente. Veintiuna, si contamos la del tabernero que se empeñaba en meterle una jarra entre sus manos.

  • Yo… bueno, todo lo que sé es esto. Ser Condrio llegó a su casa hace unas horas y… Veamos…

Con cada palabra que decía se sentía más animado. La cerveza también ayudaba. Hoy el importante era él. Aunque indirectamente, claro. Aún tardaría mucho hasta que su nombre fuese más conocido que el de Ser Condrio. Pero al menos si hoy la historia la contaba él se las arreglaría para que fuese una de las buenas.

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Muy lejos del aquí, al sur de la capital del reino, vive una princesa que hasta no hace mucho había pasado desapercibida para todo el mundo salvo para Ser Condrio. Lo sé porque muchas palomas mensajeras llegaban a casa, pero nunca partíamos hacia ninguna nueva empresa. Debía de ser que simplemente… estaba hablando con ella. ¿Cómo estoy tan seguro de que era esta princesa el destino de las palomas? Bueno, un día no pude más. La duda me corroía desde hace semanas así que una noche pasé cerca de la mesa de la biblioteca simulando que colocaba unos mapas, estiré el cuello y pude leer que los mensajes que llegaban provenían siempre del mismo nombre: Bel. Ser Condrio me cazó espiando, y aunque estuve días y días preguntando quién era esa misteriosa mujer de misterioso nombre nunca obtuve respuesta. No me miren así, de ella no os podré decir gran cosa… aún. Pero sí que un día en un desliz durante la contestación de una de las cartas dijo en voz alta la región de Fuenlabry. Sí, amigos. Todos hemos escuchado alguna historia de esa región por medio de los juglares… y entiendo vuestras caras de preocupación, la misma se me quedó a mí y mi maestro la notó y me reprendió. La suerte quiso que a partir de entonces el no tuviese que molestarse en atar más los mensajes a las palomas, ahora pasaba a encargarme yo.

Una noche llegó una nueva paloma. Por ese entonces yo ya daba por sentado que era una de esas provenientes de Fuenlabry, pero aunque fuese una petición de socorro de otra zona del reino, Ser Condrio volvería a rechazarla amablemente como venía haciendo desde hace meses. Cada vez me encontraba más cabreado y enclaustrado en la casa de mi maestro. Debería abandonarle, me decía. Debería buscarme otro maestro que me siguiese formando. Debería tratar de… Vale, vale. Vuelvo a la historia. Esa noche, como todas las demás, Ser Condrio se sentaba en su mesa, cogía la pluma y en el trozo de papel más impoluto que pudiera encontrar escribía con la mejor de las caligrafías una respuesta. Era desesperante ver lo mucho que se esmeraba para que todo en el mensaje fuese perfecto, hasta cuando lo doblaba. Como cientos de veces ya, nombró Fuenlabry y me hizo entrega del papel que debía atar a unas de las patas de la paloma y ya después seguir con mis quehaceres. Al volver a la biblioteca, Ser Condrio se encontraba de pie y me dijo “Debo partir, amigo. En la mesa tienes un nuevo mensaje, envíalo a la señorita Bel ya mismo. Nos vemos a la vuelta”. Sin poder mediar palabra con él, desapareció hacia sus aposentos. ¿Se iba sin mí? Velozmente me dirigí a su mesa a coger el mensaje y a su lado vi el que había recibido de la misteriosa muchacha. Decía así:

Sabes que aquí no estoy sola y todo el mundo me quiere y ayuda, pero sus ánimos no son suficientes para calmar este dolor. De nuevo, aunque doy gracias por ellas, las palomas no son suficiente. Tus palabras siempre me reconfortan, algo en ti tiene ese poder. Gracias, Bel.

Sorprendido, leí el mensaje de mi maestro:

Este no es modo de comunicarnos viendo las circunstancias. Voy.

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¿Este dolor? No hemos ido a aventuras realmente importantes pero sí parte inmediatamente ante el dolor de una princesa… Definitivamente, me dije, debo buscar otro lugar donde seguir aprendiendo. Fui al palomar y cuando soltaba la paloma dirección Fuenlabry vi salir a Ser Condrio montado en su corcel. Más bien escuché. Era por la noche como ya dije y por el repiqueteo de los cascos del caballo claramente mi maestro partió con gran apremio.

Me pasé días consultando libros y mapas. Tracé cientos de rutas diferentes hasta Fuenlabry y traté de imaginar a qué posibles peligros podría enfrentarse hasta llegar allí. Y sin mi ayuda ni compañía. Las semanas pasaron hasta que hoy mismo Ser Condrio apareció hace apenas unas horas en su casa. Yo ya había empacado mis cosas para irme y nos cruzamos en la puerta. Frenó junto a mí y se bajó de su caballo. Juro por mi vida que la conversación que voy a reproducir ahora fue exactamente la que tuvo lugar.

  • Chico.
  • Maestro.
  • ¿Marchas?
  • Señor, ¿pudo salvarla? ¿Por qué me dejó atrás? ¿Por qué no me llevó con usted como siempre hace? ¡El camino hasta allí es peligroso, y la región de Fuenlabry también!
  • En peores situaciones nos hemos visto, sólo estoy cansado. Tranquilo.
  • Pero señor, dígame qué ocurrió. ¿Pudo verla?
  • No.
  • ¿¿NO?? ¿Todo esto ha sido en balde entonces?
  • Por supuesto que no. No pude verla pero sí hablé con ella, como necesitaba.
  • ¿Hablar? ¿Necesitaba? No me queda claro, maestro, si usted es el qu…
  • Hay que estar siempre para las personas que te importan. Hay que estar ahí. Si tanto te interesa saber algunos detalles, te contaré. Lanzó desde la ventana de la más alta torre un cordel con algo atado en el extremo. A través de este curioso invento pudimos hablar. Sólo eso. Pero fue mucho más. En cuanto terminamos, me monté y regresé a casa. Ahora, guarda mi caballo y asegúrate de que tiene heno seco y agua fresca. Debo descansar.
  • Pero… pero… ¿No hubo peligro alguno? Sólo hablaron, no tuvo que salvarla. Con todos mis respetos…
  • ¿Salvarla?-sonrió.- No se rescata a quien es fuerte. Sólo se ha de estar ahí, por si flaquea durante unos instantes. En todo caso, si alguien fue rescatado ese día que llegué a su lado… fui yo.

Jamás le he escuchado hablar así. Al terminar se dirigió al interior de la casa y me quedé ahí, junto a su caballo, mirando sin comprender nada de lo que había ocurrido. ¿Él siendo rescatado? ¿El afamado Ser Condrio? Sin saber cómo sentirme solté mis cosas e hice lo que me había pedido. Espoleado por sus palabras de no abandonar a las personas importantes en tu vida volví a colocar mis cosas en mis habitaciones y busqué a mi maestro. Ahora mismo seguirá encerrado en su habitación, durmiendo y descansando lo que pueden ser dos días ininterrumpidamente. Y por eso vine aquí. Esta es la historia que puedo contarles, deberán esperar a que despierte Ser Condrio para escuchar el resto.

El silencio en la sala se mantuvo durante unos segundos después de que el joven terminase de hablar. Muchas caras pedían más información quedamente. Otras buscaban al tabernero preguntando por más cerveza pero con miedo a hablar y estropear la atmósfera de expectación creada.

  • Bueno, ya han oído al chico. ¡Ser Condrio vendrá mañana mismo para contar todas las aventuras de su historia! Ahora, ¡seguid bebiendo y pagad lo que habéis pedido ya u os tendréis que ir todos de aquí! Chico, gracias a ti tendré la taberna llena durante toda la semana. Todas las mujeres ansiosas por escuchar más de esa historia de amor, sus maridos por ver si alguna bestia peligrosa se le apareció en el camino a tu maestro. Por esta vez invita la casa, pero asegúrate de que Ser Condrio venga aquí si no quieres que te acuse de ladrón y de contar mentiras para beber cerveza gratis. ¡Dale!

Mitad excitado por haber captado la atención durante tanto tiempo de esas personas, mitad alterado por las circunstancias de la situación que acababa de narrar, salió de la taberna y se dirigió a casa de su maestro a seguir con las tareas y descansar hasta la llegada del nuevo día.

Alejandro

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